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lunes, 3 de octubre de 2011

La Garnacha



A veces, en mi caso un puñado de ellas, un bar te enamora. También es cierto que muchos bares te decepcionan, pero no voy a entrar hoy en eso. Hoy toca recordar a un bar que fue un amor de verano; un verano que se agotaba para mí a orillas del cantábrico. Era la primera vez que recorría aquellas tierras, aunque por suerte, no fue la última. Pero volvamos al bar. Atardecía en San Vicente de la Barquera, “más bonita que ninguna de las villas marineras”, que dice la canción. Íbamos ya pensando donde cenar en aquella, nuestra primera noche en ese pueblo, y como cantaba Serrat, “fue sin querer, es caprichoso el azar…” y allá que pasamos todos, sin querer pasar, y la vimos y seguramente, aquella vinatería nos vio… La Garnacha. Y luego, como pasa cuando te enamoras, no sabría decir exactamente qué era lo maravilloso, no podría describir bien ese local amaderado, la pintura mural de la pared, la gente que atestaba el sitio, la variedad de vino que se desplegaba ante nuestros paladares… Era todo a la vez y nada de eso… Sus magníficos quesos, esas croquetas, iguales a las de “El Rinconcillo” pero mucho más grandes, o la especialidad, “Patatas Garnacha” que no es otra cosa que patatas alioli con taquitos de jamón… era un cúmulo de prendas que aumentaban la conquista. Incluso me cautivó uno de esos detallitos de complicidad, aunque fuera unilateral. Un tipo, con algo de chulería, fue a pedirle una cerveza al camarero de la barra, y se indignó de que no hubiera Mahou. Esto para empezar me extrañó, yo suelo indignarme por todo lo contrario, cuando voy a un bar y sólo hay Mahou me llevan los demonios; y me parecía incomprensible que aquél fulano quisiera beber semejante mejunje por voluntad propia, pero bueno, allá cada uno con los castigos que le infringe a su cuerpo. Lo grande para mí es que no la hubiera, un toque de distinción me pareció aquello.
Después de esta primera noche, no pudimos volver al bar; los días fueron frenéticos, de acá para allá por todos los caminos que nos daba tiempo a recorrer, y las noches eran para comer algo rápido en el apartamento y dormir.
Este verano volvimos a San Vicente de la Barquera, y por extensión, almorzamos en La Garnacha. Tenía algo de miedo; al fin y al cabo, el amor de una noche veraniega puede ser sólo eso. Podía ser un sitio menos impresionante pasado un año y a la luz del día. Pero nada de eso, hasta mi hermano, que a veces es puñeterillo, quedó prendado del sitio. Con el tímido sol entrando por las estrechas ventanas, con el bar bastante más vacío que la vez anterior, con temas de M.Clan sonando uno detrás de otro sin parar, me convencí de que la primera impresión no había engañado; seguía siendo un gran bar en el segundo mejor pueblo del mundo, en mi escala personal. Y para colmo, como si lo hubieran ensayado, llegó un hombre que pidió una cerveza, y al ver la Heineken preguntó si no había Mahou. Por supuesto, no la había.

lunes, 27 de junio de 2011

La noche que no fui del River




Finalmente parecía que estábamos a salvo, a salvo de una noche con buena perspectiva que se había tornado en todo lo contrario. Joaquín Sabina nos había dado plantón en la ciudad de la Alhambra, nuestra nueva amiga argentina maldecía “los colectivos” que no venían y yo blasfemaba de mi suerte que parecía repeler a los taxis libres… ¿Quién me mandaría a mí haber comprado las entradas tan pronto y no ir al concierto de Sevilla? Pero ya estábamos a salvo, en el primer bar que vimos abierto como habría cantado el Flaco de no haberle dado una pájara aquella noche. Ella se sorprendía de que en aquella ciudad te dieran una tapa así, por la cara… Yo me sorprendía de que ella hubiera llegado a Granada esa misma mañana y su primera noche en la ciudad fuera tan surreal como la mía; dos sevillanas con una porteña en un bar, unidas por un plantón del ídolo de las tres. Entonces, de tanto hablar salió el fútbol, un tema como cualquier otro. Conocía el Betis, aunque por lo visto era más partidaria del otro equipo de la ciudad, cosa que me sentó regular. Yo le conté que siempre había simpatizado más con Boca, a lo que ella con su marcado acento replicó:
- ¿Por qué todos los extranjeros son de Boca? - Ella era del River y su comentario me hizo sentirme algo cateta.
En estos días que el River vive ese infierno que un bético conoce tan bien, con Pavone incluido, me he acordado de ella. No nos dimos ni el correo ni los teléfonos, o tal vez sí, pero no volvimos a saber la una de la otra. No recuerdo el nombre o el sitio del bar, y con el tiempo perdoné a Sabina ese infame plantón… Pero me he acordado de una de esas amistades fugaces, esa argentina que en su viaje por Europa quiso ver a Joaquinito, y que en estos días andará disgustada a causa del equipo de sus amores… Y me ha dado por pensar que son geniales siempre las noches en Granada y que no es tan mala cosa que los catetos extranjeros siempre seamos de Boca.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Los mismos bares, la misma gente…


Todas las premisas apuntaban a que la noche sería larga… Yo recelaba de salir por mi resfriado, y pretendía volver pronto a casa; esas son las premisas de las que hablaba, salir con eso en la mente es lo que hace que no veas tu cama hasta que no pasen las cinco o más…
Sin saberlo, o más bien sin pretenderlo, comenzó un camino al recuerdo, al pasado y lo que es peor, a contrastar con el presente lo mayores que somos ya. Comenzamos cenando en el bar de tantas noches, ese que a pesar de las reformas mantiene la carta casi intacta y su magia más intacta aún. Pero lo dicho, ya han pasado años, no sólo por la de recuerdos, anécdotas y vivencias que fuimos dejando caer sobre la mesa, sino por esa botella de vino con que lo acompañamos todo, elixir ni muy bueno ni muy malo, de precio razonable que demostraba que nos volvemos selectos a nuestra manera. El actor dueño de Roma (la gata Q.E.P.D.) sigue en Madrid, argumentando que yo estudio cosas utópicas que me permitan seguir convirtiéndome en la vividora que aspiro a ser, a la vez que una estudiante vitalicia. El tercero de la tríada volvió a cambiar de carrera y volvió a las andadas nocturnas que no puedo detallar pues se queja de que engordo su merecida fama de promiscuo. Pero aún quedaba más… En otro bar en que fuimos jóvenes, casi salimos allí de la terrible adolescencia, uno de entonces se pasó al otro lado de la barra, casi parece un intento de encadenarse a aquél tiempo, a aquella vida… Luego volvimos a cambiar de bar, siguieron las cervezas y vino “ella”. La última vez que la vi se había convertido en la cuñada de una amiga mía. Ella dejó de ser cuñada, yo dejé de ser amiga, y allí estábamos las dos, recordando a quienes no somos. Tras aquella relación, me dijo, había tenido un novio durante seis años… Quise morir, no por su novio, sino de pensar que habían pasado seis años o más desde todo aquello… Seguían las batallitas, las risas, los recuerdos que se colaban por el estrenado Noviembre, seguía yo pensando que me pinto menos, que me arreglo menos que entonces, que eso serán los años que pesan y pasan… Sin saber cómo pregunté por “él”, un chico al que apenas conocí, con el que crucé dos palabras pero que ahora resulta que es travesti, drag, o como lo quieran llamar… Vestido de mujer actúa en “raves” o donde se tercie… suma contador de años, sigue sumando por favor… Todo parecía acelerarse, pasaban flashes en mi mente, trozos y retazos de tardes y noches; de café y Legendario, de castañas, sueños de futuro que se me olvidaron y lazos que se cortaron.
Apareció Stefany Howards brevemente, las comparaciones con Massiel, la versión morena de Samanta Fox, y tantos delirios absurdos con que nos gusta perder el tiempo.
En otro bar me acordé de ella, que no es tan antigua en mi vida, que andará perdida por Europa, y que me debe una cena. Hablamos de futuro a muy corto plazo, de viajes, de paz…
No todo estaba perdido, me acompañaban más amigos, no de un tiempo tan lejano pero con los que se van componiendo otras historias, otras telarañas que suman en el contador…
Todo me remitía a las canciones de Ismael Serrano, a todas las frases magistrales de septiembres que se quedaron dormidos, de ventanas que ya nadie abre, de bares en que ya no nos saluda nadie, de calles, cervezas, mesas, viajes que nos cambiaron, días que ahora son recuerdos, que se extrañan y que por otra parte no necesitas revivir…
La Ilustre Víctima, El bosque Animado, La Sirena o el Utopía seguirán estando ahí, cada uno con su historia, con todas las historias que nos dejamos los que un día fuimos jóvenes y hoy ya parecemos ser algo más mayores…

Lo dije y se rieron, tal vez sólo me creyeron en el fondo, pero lo dije sintiendo cada palabra, lo recuerdo y lo sigo pensando “cuando estoy con vosotros me doy cuenta de lo que os echo de menos el resto del tiempo”. Al fin y al cabo, sin los compañeros de viaje, no serían posibles estas travesías al pasado.

jueves, 26 de marzo de 2009

Merecía una entrada


Que el camarero mande a callar porque cree que se va a volver loco de un momento a otro, se merecía una entrada…
Que “el correcto” cuente que entró en un bingo arrastrándose, se merecía una entrada…
Quedarse con la boca como el dragón de Harry Potter porque a una idiota se le ocurrió pedir patatas bravas sin pensar; merecía un castigo y una entrada.
Que te cambien de mesa en vista de que no vas a solucionar las pagas extras del personal, pues eso… merecía una entrada.
La merecía aunque sea tarde, aunque sea así. Aunque la foto no corresponda al día, porque se me olvidó la cámara… Y no hubo croquetas pero si cerveza, y tinto, y zumo de melocotón. Hubo un traslado, y el señor de la Salud volvió a su paso un año más. Hubo risas, anécdotas y alguna historia que se quedó colgada. Hubo promesas de futuro, de más bares y más noches; promesas de esas de verdad, de auténticos camaradas, de amigos que tal vez no se hubieran conocido de otra forma, y tal vez por eso, todo esto es más grande si cabe.
Hubo vuelta amparados por Fray Leopoldo y San Cristóbal y naranjos cuajados de azahar que también merecían una entrada, pero lo dicho, por una vez, me había olvidado la cámara.

martes, 7 de octubre de 2008

La otra, otra noche


¿Qué te cuente lo que hicimos la otra noche? ¿cuál otra? Si es la otra ya hace tiempo, pero bueno, nada del otro mundo. Nos fuimos a cenar Sur, Coko y yo. Descubrimos un sitio nuevo, una abacería en pleno Torneo, vamos el sitio no sé el tiempo que llevará ahí, nuevo era para nosotros, y para el camarero. El tipejo tenía acento aragonés o algo así, y sería su primer día o yo no sé que pasaba porque pedir no fue difícil, pero fue complicado que nos lo trajeran. Bueno, tampoco fue exactamente así, nos trajeron muchas cosas, pero ninguna la habíamos pedido. Estuvimos más de media hora fuera, sentados en la terraza, y como el otoño ha llegado, que no es que lo diga la valla publicitaria de El Corte Inglés, no, que vino de verdad y hacía un frío tremendo, pero claro, Coko no hace caso a las vallas de publicidad así que nos cambiamos de mesa y nos metimos dentro, porque la hipotermia no era descartable. Y ojo, dudamos mucho en entrar, porque el chico ya nos había traído dos cosas, una era para María, que si estaba bien, aunque sin cubiertos, y luego a Jesús le trajeron algo que no era; y eso que el chico nos había preguntado por segunda vez, porque no entendía lo que tenía apuntado. A mi me recordó a ese capítulo de 7 Vidas cuando Paco (Javier Cámara) hace de camarero, y pone un café con limón, un tinto con leche fría, o algo así; y decía aquello de “¿Sabes lo difícil que es apuntar todo de pié en una libreta así de pequeña?”. Y ya te digo, nos pensamos si cambiarnos porque lo mismo el camarero se hacia mas lío aún, pero finalmente decidimos correr ese riesgo. Le avisamos del cambio, por si no se había dado cuenta, y él de paso nos preguntó que si un pan con jamón y salmorejo era nuestro; “no, lo pidió la mesa de al lado”. Una vez dentro, a Coko le traen su comida, a Sur sus cubiertos y a mi una cosa que no era. Nos damos cuenta de que al lado, en la mesa de mi izquierda, tenemos un autóctono grupo de machos ibéricos, que han salido a celebrar algo; a fecha de hoy sigo desconociendo qué. Acompañan su celebración con gritos simiescos, canciones (la Macarena incluida, y no hablo de la de Cebrián), palmas y arengas varias. Me traen algo, y no, sigue sin ser lo que he pedido; la cosa ya es algo tipo “antes de que cante el gallo, me negarás tres veces…” Coko me cuenta una historia surreal de una amiga, amores por Internet y cosas que se me escapan al entendimiento. ¡Me traen lo mío! En ese momento le recordamos al camarero que al principio le pedimos algo para compartir, un queso de cabra a la plancha, que en fin, ya nos habíamos resignado a que fuera el postre. María se levanta a por un cuchillo y vuelve asombrada; “¿Sabéis que tienen un ordenador para controlar las mesas?” No puedo dejar de reírme, con toda la que tienen formada y resulta que hay hasta despliegue informático de por medio… Traen el queso, que pese a todo esta buenísimo, pero generalmente, no sé porqué, nunca hay tortitas de pan suficientes para untar… Estamos en estas, cuando los machos de la mesa de al lado están acabando una actuación a lo Mayumaná pero en cutre, y de pronto, unas pavas de la mesa de al lado (a mi derecha) comienzan a entonar el cumpleaños feliz… Blanco y en botella, los de la celebración se levantan, y las chicas hacen lo mismo. Como nuestra posición es mas estratégica que la de Gibraltar, en cuestión de segundos nos vemos dentro de la movida, con cara de estúpidos y comiendo queso… En fin, al final conseguimos salir de aquél sitio. Dejamos a las pavas y los machos haciéndose fotos; imagino que fue el comienzo de una hermosa amistad; había condicionantes alcohólicos suficientes para ello.
Llegó Silvia, y nos fuimos a tomar té, bueno, sólo Sur y yo, que somos las que bebemos té. Algo en la carta llamó nuestra atención “Tetera familiar”; y aunque Coko y Silvia piden otra cosa, nos tiramos a la piscina. Aquello habría sido como para seis personas, nos bebimos de ocho a diez vasos cada una… Casi morimos en el intento, pero ya era amor propio.
Pero bueno, lo pasamos bien, tanto por exceso como por defecto…
Y por cierto ¿quién eres tú que me preguntaste esto?

domingo, 28 de septiembre de 2008

Plateriyo bebía Kaskol


Llegar tarde puede ser elegante, me gustaría creérmelo porque el don de la puntualidad no me acompaña, claro que lo mismo es cuestión de llegar tarde con elegancia. Pero no hay que engañarse, el elegante es Juan, que estaba allí a tiempo, a su hora, como debe ser. Y no estaba sólo... Imagino que como mi mente perversa casi le amenaza con aquello de que su marido era algo así como la madre del de Psicosis, vino a demostrarme que existía.
Empiezan a llegar, nos agrupamos como los átomos ¿Cómo se llama la unidad que forma un grupo de átomos? No lo sé, la ciencia tampoco es un don… No importa, Alfonso X el Sabio nos acoge, a él le da igual la física ¿atómica? Por lo que he visto, el de la toga no me perdonó que no me levantara, pero él desconoce cortesías o caballerosidades de los tiempos del rey Sabio. Como en aquellos tiempos, alguien aparca el caballo en la puerta, y entra desarmado a la taberna.
El señor Andréu me lanza el guante, yo lo recojo, casi sonrío, me place el lance la verdad, pero le sentencio algo: “Si yo escribiera como a veces me gustaría, nadie me entendería, ni tú”, Y es que él anda en una nueva empresa, de esas que le gustan al abuelo batallitas. Está empeñado en demostrar la existencia del Kaskol. Por lo visto, cerca de su casa de la infancia, en la calle Sol, no habría bares, e iban a tomar pepitos a un bar en Los Palacios. Tomaban pepitos porque el señor Andréu es de ese tiempo en que a los montaditos se les llamaba así, y por lo visto se tomaban con Kaskol, al menos en aquel feudo independiente… Se compromete delante de todos, jura por su honor de caballero que escribirá a Kas, dónde le remitirán pruebas fehacientes y palpables de que tal mejunje existió en algún lugar mas allá de su imaginación. Pero entonces recordamos a Plateriyo, esa mascota, que también afirma que existió, y que absolutamente nadie recuerda. Fusiono ambos delirios de su mente con esa otra sentencia: “Plateriyo bebía Kaskol” Me divierto un rato pensando como aquel burrito podía beber semejante refresco imaginario con aquellas pezuñas que tan poco ayudan a la motricidad fina de cualquier individuo… Él me reta a esto, a hacer una entrada surreal con esto como título; pero ya lo he dicho, recojo el guante, me place la idea.
Tras una larguísima caminata de un metro, cambiamos la ubicación, las sillas y el caldo. Es una pena que no tengan zumo de naranja, ya no natural, sino de bote… Me conformo con un destornillador de refresco, menos mal que andaba largo de licor ruso… Terribles momentos fotográficos, nadie está contento, no acabamos de salir bien, las mejores fotos son las mentales, como las que debí hacerle al suelo años cuarenta, o al papel pintado de las paredes del baño que tanto le gustó a Indi. Mi idea de la fotografía conceptual no es entendida por algún ególatra, que me trata a mí de ídem. Pero Juan si lo entiende. Siguen las fotos, esta vez nos la hacen los del pub, nos dicen dónde encontrarlas en la red de redes, porque las colgarán; a lo que el actor, que hace un rato se hizo amigo de la dueña le dice con la rotundidad del propio Marlon Brando: “Tú no sabes lo que tienes aquí sentado”.
Ya son ciertas horas, aunque para mí nunca es la de irme, pero la mayoría impera. Hemos bebido, hemos arreglado el mundo, o parte de él, hemos sentado bases para organizar excursiones, hemos brindado por el juez, algunos han comido tarta, y podríamos haber hecho una pequeña construcción con las latitas de la máquina de misceláneas que acompañan al alcohol. Por hoy no ha estado mal. Las riñoneras de esa marca de ron, a la que no voy a hacer publicidad porque al final no nos regalaron nada los de Legendario, brillaron por su ausencia, pero no todo podía salirnos bien…
A un coche alemán, que no es un Mercedes se suben tres de estas; si tenemos un accidente sería un parte curioso. Comenzamos el reparto, y lo acabamos dejando al de la maza, que deberá volver a sus clases en el cole de jueces. Sé que no me lo va a perdonar, pero aquí le dejo lo que debería ser su himno personal en su carrera judicial, la banda sonora de este curso al menos… A mí de pequeña me encantaba y me parece un referente.
Después, entre raperos y sampleos, se acaba tornando al hogar.
Ya en horizontal, con el antifaz, dispuesta a encontrar a Morfeo y caer a sus pies de manera entregada, recuerdo una de las sentencias, que han sido varias, y por gente destogada, pero sentencias al fin y al cabo: “Si yo escribiera como a veces me gustaría, nadie me entendería”. Tal vez debería hacerlo, de forma mas radical que ahora, y que nadie me entienda, o solo algunos, y mandarte mensajes cifrados a ti, y a ti, y a ti no, porque lo mismo los entiendes, o no… Al fin me quedaría con la frase que Diana escribió para que Teodoro la leyera en El perro del hortelano: “Entiéndame quien pueda, yo me entiendo”. Rondando en estas cosas se me pierde el recuerdo, tal vez Morfeo me agarró de la mano para que dejara de desvariar… Lo mismo sólo es que al final hay que cruzar la frontera a ese otro mundo, dónde miles de burritos blancos, inspirados en Juan Ramón Jiménez, brindan con Kaskol.

domingo, 15 de junio de 2008

El Café de la Prensa


Lo conocí un día de lluvia, siempre la lluvia. Como tantas cosas buenas, lo descubrí gracias a cierto amigo.
En aquel tiempo las paredes estaban cubiertas por periódicos, y alguno había querido pasar a la posteridad efímera firmando en ellos. Fue un flechazo, amor a primera vista de ese que nadie sabe a ciencia cierta si existe; y que yo sentí en aquél momento. A un lado estaba el río, el Puente, Sevilla a lo lejos… Al otro, por una pequeña puerta que muchos no conocen, la calle Pureza, Triana pura…
Sobra decir que volví. Volví muchas tardes, muchas noches y más de una mañana. Mi asiduidad hoy en día es algo más intermitente, pero mi fidelidad es inquebrantable. Entre aquellas paredes, ahora mas desnudas de periódicos, se quedó para siempre parte de una juventud que empieza a alejarse. Allí he pasado mil horas riendo, he tenido conversaciones y recuerdos que me han arrancado mas de una lágrima, “cumpleaños feliz” que he cantado y me han cantado, azúcar en terrones para capuchinos nocturnos, lectura de prensa compartida, combinar las bebidas con mi ropa, juegos de cartas en los que entre risas y ginebra, pretendíamos ver mi futuro en una sota de bastos que siempre estaba al revés; pero claro, no te puedes fiar de un tipo que viste tan raro…
Ha sido un refugio para el alma y el cuerpo, el paso obligado antes de ir a cualquier sitio, lugar donde ir si todo se ponía feo, como cuando la lluvia (otra vez ella) me sorprendió en el Puente viendo San Gonzalo.
Anoche pensaba en todas estas cosas mientras miraba los periódicos de la pared, con una jarra de “Agua de Sevilla” y una amiga de las de toda la vida. Mi vida ha cambiado mucho desde aquella tarde de lluvia, yo he cambiado mucho, al igual que los camareros. Echo de menos a ese tan simpático que nos hacía rebajillas o me rellenaba el Legendario sin pedirlo y sin pagarlo; pero esos son los derroteros de la vida, y luego le das otro trago a la copa y piensas que quizás todo está menos cambiado de lo que creías, y lo vuelves a pensar cuando, como tantas veces, casi cierran aquello conmigo dentro.



Dedicado especialmente a todos aquellos que han compartido mesas, bebidas, sueños y desvaríos conmigo en aquel lugar. Podría poner una ristra interminable de nombres, pero ellos saben quienes son.

martes, 13 de mayo de 2008

Secuestro en el Café Central


Habíamos cenado showarma, como tantas veces, en la Ilustre Víctima. Tras esto, caminamos a la Alameda para tomar algo. Como hacía bastante calor, ya que esto ocurrió hace un par de semanas, pensábamos estar en la calle, algo muy normal en esta bendita ciudad.
Llegamos “al Central”, me encamino a la ventana, y la chica me dice que por favor pida por dentro, pero no me da más explicaciones. Entro al bar con otro amigo, pedimos mientras los otros se quedan fuera, hasta aquí todo es muy normal, me hago sitio en la barra, pido, pago… Vamos a la puerta con todas las bebidas y… ¡Sorpresa! No podemos salir. Hay un tipo en la puerta que me dice que no puedo salir con “copas” Yo, mujer razonable y a veces algo tecnicista le digo que solo son un par de cervezas, pero no hay tu tía… El verano pasado me había pasado algo así cuando a la una y media te quitaban el velador, pero que no me dejaran salir… y máxime estando toda la puerta llena de gente. Mis otros dos amigos entran, bien, ya estamos secuestrados los cuatro, ahora hay que hacer “Acción evasiva”… Esta visto que negociar no funciona… Entonces, cual tebeo de Mortadelo y Filemón, se me enciende la bombilla…
-¡Hay otra puerta!- Mis amigos celebran mi idea, Casi ni nos habíamos dado cuenta porque aquello estaba tan llenísimo de gente que apenas la veíamos, llegamos con dificultad y… Que se le va hacer, yo no soy tan inteligente, había otro tío allí. Era surrealista, por primera vez en mi vida no quería estar en un bar. Estaba llenísimo de gente, de humo, apenas había un rincón para estar parados tranquilamente, pero no podíamos salir, ¡estábamos secuestrados! Tirado por tierra el plan B, mi amigo Kike tiene una nueva idea, basada como no, en la picaresca sevillana… La cuestión era dejar las bebidas en la ventana del bar, salir tranquilamente por cualquier puerta, y volverlas a coger una vez fuera… Tras cuatrocientas repeticiones mías de: “que no, que no va a funcionar, que nos la van a quitar, que lo mismo el de la puerta nos dice algo…” Mi amigo se cansa de oírme, pone su botellín en la ventana y se va a la puerta. Al poco aparece al otro lado. Convencida empíricamente ya, le largo mi cerveza y salgo distraídamente… Y así lo fuimos haciendo todos, saliendo de uno en uno disimulando no sé el qué… La situación era tan kafkiana que una vez que estábamos todos fuera no pude evitar la broma de decir:
-¡Corred y no miréis atrás!- Estas cuestiones legales rozan lo absurdo, ya que imagino que al cumplir escrupulosamente eso de no beber en la calle, podíamos estar infringiendo otra norma, ya que estábamos rebasando el aforo del local… Pero lo mas estúpido de todo es que la ley se llame popularmente Ley Antibotellón (que por cierto, en Sevilla decimos botellona, que la botella es femenina) es que a pocos metros, en La casa de las Sirenas, había muchísima gente haciendo botellona, como hacía yo misma cuando era mas joven. Desconozco si el local tenía licencia de veladores, aunque en esta zona casi todos los bares la tienen, y debo decir que tampoco era muy tarde, no serían más de las doce y media, muy normal para un viernes.
Yo no sé si el fallo está en la ley, en la forma de aplicación o en la de ejecución pero si en Sevilla no te puedes tomar una cerveza al fresquito, algo falla.

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