A veces, en mi caso un puñado de ellas, un bar te enamora. También es cierto que muchos bares te decepcionan, pero no voy a entrar hoy en eso. Hoy toca recordar a un bar que fue un amor de verano; un verano que se agotaba para mí a orillas del cantábrico. Era la primera vez que recorría aquellas tierras, aunque por suerte, no fue la última. Pero volvamos al bar. Atardecía en San Vicente de la Barquera, “más bonita que ninguna de las villas marineras”, que dice la canción. Íbamos ya pensando donde cenar en aquella, nuestra primera noche en ese pueblo, y como cantaba Serrat, “fue sin querer, es caprichoso el azar…” y allá que pasamos todos, sin querer pasar, y la vimos y seguramente, aquella vinatería nos vio… La Garnacha. Y luego, como pasa cuando te enamoras, no sabría decir exactamente qué era lo maravilloso, no podría describir bien ese local amaderado, la pintura mural de la pared, la gente que atestaba el sitio, la variedad de vino que se desplegaba ante nuestros paladares… Era todo a la vez y nada de eso… Sus magníficos quesos, esas croquetas, iguales a las de “El Rinconcillo” pero mucho más grandes, o la especialidad, “Patatas Garnacha” que no es otra cosa que patatas alioli con taquitos de jamón… era un cúmulo de prendas que aumentaban la conquista. Incluso me cautivó uno de esos detallitos de complicidad, aunque fuera unilateral. Un tipo, con algo de chulería, fue a pedirle una cerveza al camarero de la barra, y se indignó de que no hubiera Mahou. Esto para empezar me extrañó, yo suelo indignarme por todo lo contrario, cuando voy a un bar y sólo hay Mahou me llevan los demonios; y me parecía incomprensible que aquél fulano quisiera beber semejante mejunje por voluntad propia, pero bueno, allá cada uno con los castigos que le infringe a su cuerpo. Lo grande para mí es que no la hubiera, un toque de distinción me pareció aquello.
Después de esta primera noche, no pudimos volver al bar; los días fueron frenéticos, de acá para allá por todos los caminos que nos daba tiempo a recorrer, y las noches eran para comer algo rápido en el apartamento y dormir.
Este verano volvimos a San Vicente de la Barquera, y por extensión, almorzamos en La Garnacha. Tenía algo de miedo; al fin y al cabo, el amor de una noche veraniega puede ser sólo eso. Podía ser un sitio menos impresionante pasado un año y a la luz del día. Pero nada de eso, hasta mi hermano, que a veces es puñeterillo, quedó prendado del sitio. Con el tímido sol entrando por las estrechas ventanas, con el bar bastante más vacío que la vez anterior, con temas de M.Clan sonando uno detrás de otro sin parar, me convencí de que la primera impresión no había engañado; seguía siendo un gran bar en el segundo mejor pueblo del mundo, en mi escala personal. Y para colmo, como si lo hubieran ensayado, llegó un hombre que pidió una cerveza, y al ver la Heineken preguntó si no había Mahou. Por supuesto, no la había.
Después de esta primera noche, no pudimos volver al bar; los días fueron frenéticos, de acá para allá por todos los caminos que nos daba tiempo a recorrer, y las noches eran para comer algo rápido en el apartamento y dormir.
Este verano volvimos a San Vicente de la Barquera, y por extensión, almorzamos en La Garnacha. Tenía algo de miedo; al fin y al cabo, el amor de una noche veraniega puede ser sólo eso. Podía ser un sitio menos impresionante pasado un año y a la luz del día. Pero nada de eso, hasta mi hermano, que a veces es puñeterillo, quedó prendado del sitio. Con el tímido sol entrando por las estrechas ventanas, con el bar bastante más vacío que la vez anterior, con temas de M.Clan sonando uno detrás de otro sin parar, me convencí de que la primera impresión no había engañado; seguía siendo un gran bar en el segundo mejor pueblo del mundo, en mi escala personal. Y para colmo, como si lo hubieran ensayado, llegó un hombre que pidió una cerveza, y al ver la Heineken preguntó si no había Mahou. Por supuesto, no la había.

