miércoles, 2 de mayo de 2012
La casa de mis sueños
lunes, 19 de marzo de 2012
El día del padre
A veces la vida es un carnaval, o tal vez el carnaval es la vida… y por eso, pese a no ser muy fanática de las coplas fatalistas, hay momentos en que una letra te sorprende, encuentra el camino a tu alma, te llega e incluso, sin quererlo, te retrata…
Conozco buenos padres, geniales progenitores, incluso conozco a quienes supongo buenos padres en el futuro, cuando la situación se dé. Pero por desgracia esto no es una generalidad.
Escuché el otro día en la radio que fue una maestra madrileña quien animó a dedicar un día al padre, pues este no tenía una jornada, al contrario que la madre. Elegió para tan singular consagración a la figura paterna el día de San José, curioso esto, ya que hablamos de un hombre que con la dignidad que pudo se hizo cargo de un hijo que no era suyo y que para colmo cada dos por tres hablaba de que su padre reinaba en los Cielos, por lo que era público que el buen carpintero estaba ahí para cubrir la reputación de María. Encima Las Escrituras lo fulminan, por lo que ni sabemos que ocurrió con este buen señor, que para colmo fue nombrado “Padre Putativo de la Iglesia”, que vamos, el término tiene guasa marinera. Volviendo al origen del día, años después Galerías Preciados se interesó por esta costumbre y contribuyó a potenciarla con motivaciones obvias.
Pero volviendo al origen de la entrada, hoy, día de los José y los Pepe, día de la Pepa y la Pepi, constitucionalmente hablando, hoy, maldito día sin lluvia otra vez, con las calles gaditanas repletas de piconeras, hoy me quiero acordar de quienes no tienen tanto que celebrar, o por motivos diversos, un padre al que felicitar.
viernes, 2 de marzo de 2012
Egoísmo
Cuando yo era pequeña era hija única, la pequeña de mi casa, una princesita que en su reinado no estaba tan mimada como podía haber estado, pero que vivía en un mundo en que todo era suyo.
sábado, 18 de febrero de 2012
“Perder, robar, hurtar”, sutiles diferencias

Hace unos meses perdí en la facultad el cargador del netboock. Me lo dejé bajo la mesa y al recoger con las prisas, se quedó allí olvidado. Al día siguiente no aparecía por ningún lado, pregunté a los compañeros y uno me contó que en la conserjería del edificio 11 estaba “Objetos perdidos”. Fui allí, donde me mandaron a la garita de seguridad, donde finalmente me entregaron el cargador.
Hace casi dos meses, tras acabar un exámen, recibí un correo de una compañera que estaba dirigido a todos los alumnos. Era un texto algo agresivo de principio a fin. La autora decía que alguien le había robado su móvil antes de entrar al exámen. Comentaba que lo había dejado en el poyete de una ventana y que cuando fue a por él, ya no estaba. Tras describir el supuesto robo y el aspecto del teléfono en cuestión, insultaba un poco al supuesto ladrón o ladrona y decía que aunque era una persona maligna, esperaba que le devolviera la tarjeta, pues guardaba mensajes de alto valor sentimental. Me abstengo de comentar lo gilipollesco de todo esto, y creo que la chica ha ganado elegancia con mi reinterpretación de su correo ordinario.
Las cosas son muy relativas según el enfoque que queramos darles. Yo en todo momento supe que perder el cargador fue mi despiste y mi culpa, y me sentí muy agradecida al solidario que lo entregó a los conserjes. Esta chica culpaba a todo el mundo menos a ella, que dejó el móvil alegremente en una ventana. Desde luego yo no estaba allí, tal vez tiene razón y se lo quitaron, pero en ningún momento pareció pensar que en parte ella con su descuido podía haber tenido alguna culpa. Además, tampoco era un móvil muy espectacular, así que no sé si tal vez lo dejó allí más tiempo de la cuenta y fue a parar al mismo sitio que mi cargador. De hecho, al ir a por él, estaba compartiendo custodia con móviles, ordenadores y demás cosas de valor que imagino que estaban allí porque sus dueños también dieron por sentado que se los habrían robado y tras blasfemar en arameo, no se molestaron en
preguntar…
Damos por hecho que la gente es mala, que la picaresca posee a este pueblo español y que burdamente, como decía el vídeo de los Compadres; “Aquí cagas brillante y te roban la mierda”. Yo en el fondo también pienso así, no soy más confiada que los demás, por eso me sorprendí al ver que no iba a tener que buscar mi cargador el sábado en un puestecillo del Charco de la Pava, sino que alguien lo había entregado a quien correspondía. Aunque sí es cierto que en ningún caso pienso que despotricar en un correo sin hacer nada más vaya a servir de algo…
Hace un par de días volví a perder el cargador del portátil, me lo dejé olvidado en otra aula, la misma historia, estaba deseando salir de la facultad tras un largo día y allí se quedó. Nuevamente estaba en “Objetos perdidos”. Por supuesto, la culpa vuelve a ser mía, de verdad que no tengo remedio… Además, como dice mi madre, he tenido mucha suerte dos veces, como lo pierda una tercera fijo que al final alguien se lo queda, parece que voy pidiéndolo a gritos…
Foto: Pedroben, El Ojo Digital
martes, 7 de febrero de 2012
Grandes esperanzas – Charles Dickens
Cualesquiera que hubieran podido ser mis esperanzas y mi fortuna, es dudoso que yo recordase a mi hermana con mucha ternura. Pero supongo que siempre puede existir cierto pesar aunque el cariño no sea grande. Bajo su influencia (y quizás ocupando el lugar de un sentimiento más tierno), sentí violenta indignación contra el criminal por cuya causa sufrió tanto aquella pobre mujer, y sin duda alguna, de haber tenido pruebas suficientes, hubiera perseguido vengativamente hasta el último extremo a Orlick o a cualquier otro.
Después de escribir a Joe para ofrecerle mis consuelos, y asegurándole que no dejaría de asistir al entierro, pasé aquellos días intermedios en el curioso estado mental que ya he descrito. Salí temprano por la mañana y me detuve en El Jabalí Azul, con tiempo más que suficiente para dirigirme a la fragua.
Otra vez corría el verano, y el tiempo era muy agradable mientras fui paseando hacia la fragua.
Entonces recordé con la mayor precisión la época en que no era más que un niño indefenso y mi hermana no me mimaba ciertamente. Pero lo recordé con mayor suavidad, que incluso hizo más llevadero el mismo recuerdo de «Tickler». Entonces el aroma de las habas y del trébol insinuaba en mi corazón que llegaría el día en que sería agradable para mi memoria que otros, al pasear a la luz del sol, se sintieran algo emocionados al pensar en mí.
Por fin llegué ante la casa, y vi que «Trabb & Co.» habían procedido a preparar el entierro, posesionándose de la casa. Dos personas absurdas y de triste aspecto, cada una de ellas luciendo una muletilla envuelta en un vendaje negro, como si tal instrumento pudiera resultar consolador para alguien, estaban situadas ante la puerta principal de la casa; en una de ellas reconocí a un postillón despedido de El Jabalí Azul por haber metido en un aserradero a una pareja de recién casados que hacían su viaje de novios, a consecuencia de una fenomenal borrachera que sufría y que le obligó a agarrarse con ambos brazos al cuello de su caballo para no caerse. Todos los muchachos del pueblo, y muchas mujeres también, admiraban a aquellos enlutados guardianes, contemplando las cerradas ventanas de la casa y de la fragua; cuando yo llegué, uno de los dos guardianes, el postillón, llamó a la puerta como dando a entender que yo estaba tan agobiado por la pena que ni siquiera me quedaba fuerza para hacerlo con mis propias manos.
El otro enlutado guardián, un carpintero que en una ocasión se comió dos gansos por una apuesta, abrió la puerta y me introdujo en la sala de ceremonia. Allí, el señor Trabb había tomado para sí la mejor mesa, provisto de los necesarios permisos, y corría a su cargo una especie de bazar de luto, ayudándose de gran cantidad de alfileres negros. En el momento de mi llegada acababa de poner una gasa en el sombrero de alguien, con los extremos de aquélla anudados y muy largos, y me tendió la mano pidiéndome mi sombrero; pero yo, equivocándome acerca de su intento, le estreché la mano que me tendía con el mayor afecto.
El pobre y querido Joe, envuelto en una capita negra atada en el cuello por una gran corbata del mismo color, estaba sentado lejos de todos, en el extremo superior de la habitación, lugar en donde, como presidente del duelo, le había colocado el señor Trabb. Yo le saludé inclinando la cabeza y le dije:
- ¿Cómo estás, querido Joe?
- ¡Pip, querido amigo! - me contestó -. Usted la conoció cuando todavía era una espléndida mujer.
Luego me estrechó la mano y guardó silencio.
Biddy, modestamente vestida con su traje negro, iba de un lado a otro y se mostraba muy servicial y útil.En cuanto le hube dicho algunas palabras, pues la ocasión no permitía una conversación más larga, fui a sentarme cerca de Joe, preguntándome en qué parte de la casa estaría mi hermana. En la sala se percibía el débil olor de pasteles, y miré alrededor de mí en busca de la mesa que contenía el refresco; apenas era visible hasta que uno se había acostumbrado a aquella penumbra.
- ¿Me será permitido, querido señor...?
Y, en efecto, me estrechó las manos.
Entonces distinguí al señor y a la señora Hubble, esta última muy apenada y silenciosa en un rincón.
Todos íbamos a acompañar el cadáver y, por lo tanto, antes Trabb debía convertirnos separadamente, a cada uno de nosotros, en ridículos fardos de negras telas.
- Le aseguro, Pip - murmuró Joe cuando ya estábamos «formados», según decía el señor Trabb, de dos en dos, en el salón, lo cual parecía una horrible preparación para una triste danza, - le aseguro, caballero, que habría preferido llevarla yo mismo a la iglesia, acompañado de tres o cuatro amigos que me habrían prestado con gusto sus corazones y sus brazos; pero se ha tenido en cuenta lo que dirían los vecinos al verlo, temiendo que se figuraran que eso era una falta de respeto.
- ¡Saquen los pañuelos ahora! - gritó el señor Trabb en aquel momento con la mayor seriedad y como si dirigiese el ejercicio de algunos reclutas -. ¡Fuera pañuelos! ¿Estamos?
Por consiguiente, todos nos llevamos los pañuelos a la cara, como si nos sangrasen las narices, y salimos de dos en dos. Delante íbamos Joe y yo; nos seguían Biddy y Pumblechook, y, finalmente, iban el señor y la señora Hubble. Los restos de mi pobre hermana fueron sacados por la puerta de la cocina, y como era esencial en la ceremonia del entierro que los seis individuos que transportaban el cadáver anduvieran envueltos en una especie de gualdrapas de terciopelo negro, con un borde blanco, el conjunto parecía un monstruo ciego, provisto de doce piernas humanas, cuyos pies intentaban dirigirse cada uno por su lado, bajo la guía de los dos guardias, o sea del postillón y de su camarada.
Sin embargo, la vecindad manifestaba su entera aprobación con respecto a aquella ceremonia y nos admiraron mucho mientras atravesábamos el pueblo. Los aldeanos más jóvenes y vigorosos hacían varias tentativas para dividir el cortejo, y hasta se ponían al acecho para interceptar nuestro camino en los lugares convenientes. En aquellos momentos, los más exaltados entre ellos gritaban con la mayor excitación en cuanto aparecíamos por la esquina inmediata:
- ¡Ya están aquí! ¡Ya vienen!
Cosa que a nosotros no nos alegraba ni mucho menos. En aquella procesión me molestó mucho el abyecto Pumblechook, quien, aprovechándose de la circunstancia de marchar detrás de mí, insistió durante todo el camino, como prueba de sus delicadas atenciones, en arreglar las gasas que colgaban de mi sombrero y en quitarme las arrugas de la capa. También mis pensamientos se distrajeron mucho al observar el extraordinario orgullo del señor y la señora Hubble, que se vanagloriaban enormemente por el hecho de ser miembros de tan distinguida procesión.
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Creo que nunca se me han mezclado tanto las risas con las lágrimas como en las obras de Dickens. Sus personajes excéntricos y humanos, la sordidez y el esplendor, lo snob y lo mundano. Una forma de saber retratar la vida que engancha y echa raíces en quien lo lee, una inmortalidad literaria que hará que muchas generaciones, al perderse en sus palabras lleguen a pensar que muchas generaciones, al perderse en sus palabras lleguen a pensar que Charles continúa vivo.
martes, 17 de enero de 2012
Sin aniversario en el año Austen
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Y como cada año…
Aunque ya empiece a sonar a tópico, no soporto la Navidad y cada año me cuesta más aguantar el tirón de las fiestas. Todos los años intento mimetizarme con el ambiente y demás, pero me cuesta bastante estar feliz y contenta porque sea imperativo categórico. Pese a todo, todos los años intento dejar aquí alguna felicitación, buenos deseos y blablablabla… No es que no os desee cosas buenas, pero lo dicho, es que esta imposición de la bondad no va conmigo.
El año pasado me quedó una felicitación entretenida, con alguna pinceladilla de humor autonómico e internacional, y unos gatillos, que nunca están de más aquí. Pero claro, usé todos mis recursos en aquella entrada, y ahora no se me ocurre nada.
Incluso hoy, que está cerca el día de la Lotería de Navidad, caigo en la cuenta de que ni intenté venderos algo este año, como sí hice en otras ocasiones. En mi casa parece que queremos salir de pobres a marchas forzadas, y este año puede que llevemos más décimos que nunca; aunque ya se sabe que este sorteo tiene más de tradición que otra cosa… Pensando en todos esos décimos que mi madre custodia me he acordado de aquél momentazo de “Friends” y me río yo sola al pensar que pudiera pasarnos eso.
Comencé diciendo que no tenía los vídeos chulos del año pasado, al menos chulos a mi criterio, pero os dejo en su lugar a Manuel Lombo cantando en la Catedral de Sevilla uno de mis villancicos favoritos, de hecho, admito que los villancicos, en determinados momentos y bajo determinadas versiones no me parecen tan terribles… La repetición de los peces bebiendo en los centros comerciales me hace tener pensamientos suicidas, no puedo evitarlo.
Si sois como mi amiga Rocío, que no soporta a Lombo, la entrada casi ha terminado para vosotros. Si por el contrario os gusta, pongo aquí otro villancico de propina.
Espero que paséis unos buenos días en compañía de los vuestros, que no gastéis mucho y que comáis y bebáis como si no hubiera un mañana; y no os hagáis muchos propósitos para 2012 que luego cuesta cumplirlos y es una forma tonta de mortificarse, además, diversos signos como los terremotos, los tsunamis y el nuevo disco de Pitingo me hacen pensar que lo mismo no es mentira eso de que se acaba el mundo este año…
lunes, 12 de diciembre de 2011
Cuando la vida ofrece poco el blog ofrece menos

sábado, 19 de noviembre de 2011
Mary Poppins – Vota la mujer
Es curioso cómo sin saberlo, las películas nos enseñan tanto, aunque seamos muy pequeños, aunque sean comedias musicales infantiles.
Llevo varios días sin parar de canturrear esto. Con tres o cuatro años, cuando veía Mary Poppins casi a diario, me encantaba cantar y bailar esta canción, con una gran coreografía en que me subía por el sofá y las sillas, cosa que se propiciaba al estar mis progenitores durmiendo la siesta o en cualquier menester que me dejaba disfrutar a solas de mi preciado vídeo VHS.
Evidentemente no entendía mucho nada de lo que decía, pero tenía algo… Ese arranque, y el conseguir que sus gruñonas sirvientas se unieran a ella en la canción… Pero lo dicho, no entendía nada, yo era de una generación muy diferente, no se me ocurría pensar que reclamara el derecho a votar, ya que en mi casa votaban todos menos yo, e incluso, cursi como era, no podía entender del todo que quisiera llevar pantalones, teniendo unos vestidos tan bonitos.
Pero aquello sin saberlo me influyó, de hecho, tengo una postal de las primeras sufragistas inglesas en la cabecera de mi cama, en su marco y todo, como si fuera una foto de mi abuela.
Para redondear la casualidad, o lo inevitable, hoy, jornada de reflexión, 19 de Noviembre, se cumplen 78 años de las primeras elecciones en que las españolas pudieron votar. Antes había habido amagos, derecho a votar para mujeres no sujetas a otra potestad, como padre o marido por ejemplo, o absurdas incoherencias en que las mujeres podían ser elegibles pero no electoras…
Seguramente tal día como hoy, muchas mujeres se sintieron plenas en derechos, aunque también hay que reconocer que muchas mujeres tenían problemas más importantes y su derecho al voto era algo secundario. Sea como fuere, siempre que llegan elecciones me posee el mismo sentimiento, la alegría de saber que puedo elegir en cierto modo, que puedo ejercer un derecho que mucha gente murió sin disfrutar. Luego vendrán las quejas, los políticos parásitos y la “democracia secuestrada” que dicen algunos. Pero hoy, mientras llueve a cántaros yo sigo canturreando esta canción: “…y nuestras dignas sucesoras, cantarán al ser mayores, ¡por ti vota la mujer!”
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Emma – Jane Austen
La señora Goddard era maestra de escuela, no de un colegio ni de un pensionado, ni de cualquier otra cosa por el estilo en donde se pretende con largas frases de refinada tontería combinar la libertad de la ciencia con una elegante moral acerca de nuevos principios y nuevos sistemas, y en donde las jóvenes a cambio de pagar enormes sumas pierden salud y adquieren vanidad, sino una verdadera, honrada escuela de internas a la antigua, en donde se vendía a un precio razonable una razonable cantidad de conocimientos, y a donde podía mandarse a las muchachas para que no estorbaran en casa, y podían hacerse un pequeña educación sin ningún peligro de que salieran de allí convertidas en prodigios. La escuela de la señora Goddard tenía muy buena reputación, y bien merecida, pues Highbury estaba considerado como un lugar particularmente saludable: tenía una casa espaciosa, un jardín, daba a las niñas comida sana y abundante, en verano dejaba que corretearan a su gusto, y en invierno ella misma les curaba los sabañones. No era, pues, de extrañar que una hilera de a dos de unas cuarenta jóvenes la siguieran cuando iba a la iglesia. Era una mujer sencilla y maternal, que había trabajado mucho en su juventud, y que ahora se consideraba con derecho a permitirse el ocasional esparcimiento de una visita para tomar el té; y como tiempo atrás debía mucho a la amabilidad del señor Woodhouse, se sentía particularmente obligada a no desatender sus invitaciones y a abandonar su pulcra salita, y pasar siempre que podía unas horas de ocio perdiendo o ganando unas cuantas monedas de seis peniques junto a la chimenea de su anfitrión.
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No voy a descubrir a estas alturas de la vida a Jane Austen, pero ciertamente a veces me admira como en trazos aparentemente simples se mezcla la sensibilidad, la inteligencia y la ironía, todo rematado con historias de amor y finales felices…
Personajes que siglos después, me parecen hasta fácilmente reconocibles.
jueves, 27 de octubre de 2011
Bordeaux
La ciudad no es ni grande ni pequeña, está limpia, bien comunicada y llena de vida. Los tranvías pueden llevarte a casi cualquier lugar, y donde ellos no llegan te lleva algún autobús. De hecho, ahora mismo poseo una tarjeta de transporte urbano que me reconoce como habitante de la ciudad, ya que mi amiga, anfitriona y Erasmus, me puso el domicilio de su residencia. Es una
Resultó que cuando llegué, según mi amiga sevillana había “una feria”, según un compañero vasco suyo, “sólo eran unas barracas”. Resultó que lo que había en la Explanade des Quinconces era lo que aquí sería “la Calle del Infierno”, esto es, “cacharritos” en sevillano, y atracciones en español, que luego resulta que no se nos entiende. Bueno, pues había atracciones, tómbolas, puestos de gofres… Muy surreal, ya que los personajes típicos son igualitos, solo que las carajotadas de la tómbola las dicen en gabacho, pero por lo demás, igual, con la excepción de l
La noria también era algo diferente, más insegura que la que yo he visto por aquí, menos rejas y medidas de seguridad, como en las atracciones de antaño, donde si te la pegabas, mala suerte… La cosa es que ese paseo en noria propició grandes fotos de la capital del vino.
Pero puede que sin lugar a dudas, lo que en cierto modo más me gustó fue esto:
lunes, 10 de octubre de 2011
Y ahora, Burdeos
“Tome Versalles, añada Amberes y tendrá Burdeos”
Victor Hugo
Me encantó esa cita nada más encontrarla en la red de redes, o tal vez ella me encontró a mí. Expliqué hace poco mi rara aversión parisina, por lo que no conozco el célebre palacio, pero Amberes… ¡ay Amberes!
Por otro lado, los fluidos tienen algo interesante en todo esto. Tal vez sea por ser de una ciudad con río, y por lo que yo he disfrutado el Guadalquivir, por lo que me gustan tanto. el nombre Burdeos viene del francés “au bord de l'eau”, y luego está el otro líquido, claro, el que tiene el colorcito del nombre de la ciudad… El Garona y el vino son grandes atractivos para mí, pero creo que esta ciudad que a veces resulta algo desconocida, va a encantarme. Espero visitar la casa donde murió Goya y un par de museos que tienen muy buena pinta.
En fin, mañana hay huelga de transportes según creo, tengo una tremenda suerte a veces, pero espero ir a todas partes en tranvía, transporte imperante en la ciudad.
Como ya hice otra vez, adorno este viaje con el recuerdo de otro, y aquí dejo un vídeo belga; al fin y al cabo, queda entre francófonos todo….
lunes, 3 de octubre de 2011
La Garnacha
Después de esta primera noche, no pudimos volver al bar; los días fueron frenéticos, de acá para allá por todos los caminos que nos daba tiempo a recorrer, y las noches eran para comer algo rápido en el apartamento y dormir.
Este verano volvimos a San Vicente de la Barquera, y por extensión, almorzamos en La Garnacha. Tenía algo de miedo; al fin y al cabo, el amor de una noche veraniega puede ser sólo eso. Podía ser un sitio menos impresionante pasado un año y a la luz del día. Pero nada de eso, hasta mi hermano, que a veces es puñeterillo, quedó prendado del sitio. Con el tímido sol entrando por las estrechas ventanas, con el bar bastante más vacío que la vez anterior, con temas de M.Clan sonando uno detrás de otro sin parar, me convencí de que la primera impresión no había engañado; seguía siendo un gran bar en el segundo mejor pueblo del mundo, en mi escala personal. Y para colmo, como si lo hubieran ensayado, llegó un hombre que pidió una cerveza, y al ver la Heineken preguntó si no había Mahou. Por supuesto, no la había.
martes, 13 de septiembre de 2011
Y a estas alturas, un poco sinestésica
viernes, 2 de septiembre de 2011
September
Septiembre es un mes muy raro. En la película ”Tienes un e-mail”, el personaje de Tom Hanks cuenta en uno de sus correos cuanto le gusta la llegada del otoño, y como eso le hace desear comprar cosas para el cole. Yo he deseado en serio una caja de Alpino que mi madre ofreció comprarme en broma… mi ramillete de lápices de colores bien afilados, como los que él prometía en la película. He extrañado comprarme la mochila, y mal que me pese, probarme el uniforme. Llegué a odiar tanto las faldas de tablas que casi me quema escribir que echo de menos no tener que pensar cada día que debo ponerme, aunque la opción fuera el poco favorecedor uniforme…
Septiembre es raro. Recuerdo que la última vez que fui a Roma nuestro viaje acabó el 1 de Septiembre. Ese pequeño cambio hizo que esa ciudad maravillosa y llena de turistas, se transformara aquella mañana en una ciudad llena de trabajadores, padres, madres y niños de uniforme que arrastraban mochilas con ruedas. Aquí el curso no empieza rigurosamente el 1, pero no importa. Es otra cosa, la actitud, el carácter del mes. Es una especie de Año Nuevo, un momento en que todo se reinicia y hay propósitos, retos y todo eso. Apenas comienza Septiembre y yo ya creo que seré incapaz de cumplir mis propósitos, y lo peor es que tampoco me frustra tener ese pensamiento…
Por otra parte, la vuelta al cole pierde su encanto. Me da una pereza increíble volver a la facultad, seguramente porque tengo la sensación de que acabé hace dos días… Eso sí, agradezco a la UPO que aboliera los exámenes de Septiembre. Las recuperaciones fueron en Julio, salvé bastante los muebles y hoy por hoy, sería incapaz de meter la cabeza entre el Condicionamiento Clásico y las características de la Formación no reglada. Pero parece raro un Septiembre sin exámenes, igual que lo es sin uniforme ni mochila nueva para mí; sólo mi maletín gris y seguramente, rutina de vaqueros…
Septiembre es algo cutre. Los kioskos se convierten en unos extraños mercadillos con minerales, libros, coches desmontables, huertos, abanicos, rosarios, lienzos, pinceles, barcos de guerra, cursos de inglés…
Septiembre es muy, muy raro. En Sevilla el verano se alarga estrepitosamente, incluso creo que es el cambio climático, o la nostalgia, o los dos a la vez, porque recuerdo septiembres fríos cuando era niña. Pero lo dicho, se trata de un mes rarísimo, y desde ayer llueve y truena como si el mundo se acabara… Dicen que la lluvia se marcha en unas horas… porca miseria, con lo que estaba celebrando yo este principio colosal…
Septiembre, pese a ser extraño, es imprescindible. Cuando este mes pase, ya sabré mi horario de clases, sabré con que compañeros continúo, a que profesor odiar…
“September”, según mi amigo Antonio, es la peor película de Woody Allen… Yo creía que ese título lo ostentaba “Celebrity” o “Todas dicen I love you”, pero, maldita sea, no puedo discutírselo, no he visto esa peli…
Septiembre… que mes…
domingo, 7 de agosto de 2011
Bélgica
Me llevé el netbook para descargar fotos, para escribir cada día lo ocurrido y que no me pasara como siempre, que vuelvo a casa tras un viaje sin ordenador con la cabeza repleta de información mezclada que parece que se me va a borrar de un momento a otro; pero nada, intento inútil. Estábamos tan poco tiempo en nuestra casita del Sablon, y con tanto cansancio en esos ratos, que apenas miraba el correo y alguna red social, nada más. Hice el intento de ponerme a escribir pero parece que no era el momento o algo, porque nada llegaba a buen puerto y era borrado. No sé si debería probar con una grabadora “tomanotas”, lo mismo resultaba más efectivo.
Ahora ya estoy en casa, bajo el calor sevillano, cansada, con los horarios al revés, pues acabamos acostumbrándonos a nuestra vida belga, almorzando pronto y poco, cenando por la tarde, cosa que era muy efectiva ya que era la mejor forma de levantarse a buena hora, esto es, temprano, para coger trenes y recorrer un país que me ha gustado mucho más de lo que pensaba cuando me fui. Recorrer el país tal vez es exagerado, evidentemente aún quedan ciudades y pueblos que seguro me habrían encantado, pero nunca pienso que no voy a regresar a los lugares de los que me enamoro.
Ahora me enfrento a esta entrada, y no sé como lo haré, si en varias entregas o en una sola e interminable; no sé como la fragmentaré ni si conseguiré llevar algún orden. Como siempre, no es una guía ni nada parecido, son mis impresiones, mis sensaciones, y están condicionadas por mi estado de ánimo o mi propio gusto; así que haber que sale de todo este batiburrillo…
AEROPUERTOS Y VUELOS
Siempre he dicho que no me da miedo volar; y puede que dentro de poco empiece a afirmar lo contrario. No por volar, incluso podría decir que me encanta esa sensación, pero cada vez estoy menos receptiva a la parafernalia previa a subirse al avión… Desde que me quitaron el aparato de los dientes creí que mi vida al pasar los arcos de seguridad sería mejor, pero por lo visto no. Intento cumplir con todo, incluso tengo una bolsita reglamentaria para llevar mínimas cantidades de líquido a bordo, pero por más que lo intento, no es posible para mí subir a un avión sin incidencias. A la ida pasé el arco sin pitar y sin más problema, aunque mi madre no se libró del cacheo porque ella sí pitó. Cuando me disponía a recuperar mi equipaje de mano la cola estaba detenida. Pensé que algún imbécil trataba de pasar alguna cosa no permitida, hasta que fui a echarle la mano a mi mochilita y el civil me preguntó muy serio si era mía… La imbécil rematada era yo, obviamente. Me llevó a un lado, con mi madre aún más nerviosa pensando que me dejaban en tierra o algo, y me dijo que habían visto un objeto alargado, metálico y raro: ¡El minitrípode! Mi imbecilidad era máxima, ya que haciendo las maletas pensé que no era algo indispensable y que no debería llevarlo, pues incluso me dio por pensar que se vería muy raro en el escáner, pero tonta de mí se ve que al final no eché cuenta a mis propios pensamientos y lo metí con las cosas de mano. En un gran respeto por mi intimidad y mi persona, el señor agente me dijo que sacara yo la cosa mientras le contaba todo esto. Al encontrar el objeto de la discordia le enseñé que incluso tenía las puntas engomadas, que con eso no se podía hacer daño, y él me dijo que me creía, que tenía cara de buena gente. Volvió a pasar la mochila y fin del incidente. El vuelo fue normal, salvo por la de niños revoltosos que nos tocaron en suerte. El problema no eran los niños, que al fin y al cabo eran eso, niños, el tema eran sus padres pasotas que volaban tranquilamente mientras los demás sufríamos el incordio.
Aún quedaba la vuelta, mis peripecias aeroportuarias no podían quedarse aquí, porque desgraciadamente parece que siempre tienen que pasarme a mí los espectáculos bochornosos. En el aeropuerto de Bruselas fui a pasar el arco y pité, cosa rara pues llevaba un vestido largo sin remaches ni cosas metálicas que te puedan jugar malas pasadas, me había quitado las pulseras, los colgantes, los pendientes y… tonta de mí, me olvidé un par de anillos de plata que siempre llevo. El arco imagino que estaría sensible pues en Sevilla pasé con esos mismos anillos y unos pantalones llenos de cosas metálicas y el detector no se chivó… En fin, me gané un cacheo de los de libro, no se limitaron a pasarme el detector, sino que comprobaron manualmente que no llevaba un fusil atado a la pierna. Pero ahí no quedó la cosa, pues cuando fui a por mi bolso en que llevaba las cosas justas, ni trípode ni nada, vino otro agente de seguridad para preguntar si era mío. Me pidió permiso para mirarlo, y tenía que habérselo dado también para que luego me lo devolviera tal cual, pues tras sacarlo todo, me devolvió una batea con todas mis cosas ahí tiradas, me habían sacado los pendientes de una bolsita, y creo que todo el problema era el aplicador del Lip gloss, que a pesar de ir en su bolsita reglamentaria se veía peligroso en la pantalla según ellos.
Ocurrido todo esto, recordando esos crueles años de ortodoncia donde me cacheaban cada vez que cruzaba un detector, a pesar que advertía que eran los brackets, me dio por pensar que quiero pedir los datos de esto, quiero pruebas de que sufro estas degradaciones personales por un bien mayor. Exijo estadísticas de las drogas, armas y demás cosas perjudiciales que incautan en estos controles. Quiero saber cuántos terroristas detienen en los aeropuertos, necesito que me digan la de muertes que han evitado estos controles para sentirme más útil y menos ultrajada.
Tras despotricar de todo esto, cuando ya más o menos se me había olvidado todo lo del control de embarque, subimos al avión, fila 10. Fue mi hermano el primero en darse cuenta de que tenía mucho espacio para sus largas piernas en la fila 10. Resultó que estábamos sentados junto a la puerta de emergencia. Mi madre empezó a insistir en que nos estudiáramos los iconos de cómo abrir la susodicha puerta; nosotros nos descojonábamos de esto, la verdad. Entonces apareció una azafata felicitando a mi madre en francés por su insistencia en las normas de seguridad. Luego nos preguntó que idiomas hablábamos, incidiendo en que alguno de los tres debía hablar inglés, francés o alemán por si el piloto nos daba instrucciones. En ese momento ya la risa se nos fue un poco… Yo hasta ahora no era consciente de lo que padece la gente que se sienta junto a las salidas estas en los aviones. Nos comentó que como mi madre ya había indicado, debíamos estudiarnos las instrucciones, que eso era de vital importancia. También nos quitó el equipaje de mano que llevábamos bajo las piernas y lo puso arriba, la gente que se sienta en tan comprometido sitio del avión tiene que mantener el suelo despejado… Mi hermano ya empezaba a preocuparse de que pudiera ocurrirnos algo y de tener esa responsabilidad en sus manos, ya que era quien estaba en la ventanilla, junto a la puerta de marras. La azafata cada vez que pasaba nos decía algo, y otro azafato, este ya hablaba español, vino a confirmar que nos habíamos enterado de todo… Casi temimos que nos hicieran un exámen o unas preguntas o algo. Yo incluso temí dormirme, lo mismo no podía hacerlo en esa nueva condición de salvadora de vidas… ¿Y el baño? ¿la gente de la fila 10 podía ir al baño? Tal vez no, me daba miedo que tampoco nos dejaran porque nuestro sitio exigiera una dedicación plena. Por suerte no pasó nada y no tuvimos que demostrar lo bien que nos habíamos aprendido la teoría de la puerta, pero realmente espero no caer más en un sitio así, había mucha presión a cambio de un poco más de espacio para las piernas… No sé si es que me tocó una tripulación algo exagerada pero de ahora en adelante compadeceré a todos aquellos que se sientan junto a las salidas de emergencia en los aviones.
EL PAÍS ANTIGUO
No sé porqué, pero traigo esa sensación, la de que en algunos sentidos Bélgica es un país antiguo; y ojo, ahora que lo miro con perspectiva, esto no es ni bueno ni malo, sino una mezcla. Evidentemente de Bélgica sólo cabe decirse que “Es Europa”, lo es en el más bello concepto del continente, es limpia, urbana, educada, confiada, libre de la picaresca española en casi todas sus ciudades pese a haber pertenecido al imperio donde no se ponía el Sol. En todos los sitios que entré pagando entrada de estudiante no me pidieron el carné de la facultad, ni a mi hermano. Incluso en la Catedral de Amberes la chica de la taquilla me vendió la entrada joven sin pedírsela; cosa que incluso me hizo sentir mal, ya que la entrada joven era hasta los veintiséis, edad fatídica que cumplí hace poco más de un mes, pero claro, con mis converses y mi cara de niña sin pintar nadie pensaría eso, y yo no dije lo contrario. Incluso mi hermano, que sí es joven pero siempre parece mayor de lo que es, se ha paseado por museos como un joven al que nadie le pidió una identificación pues nadie parece creer que podría engañarse en algo así. Pero volviendo al título, es algo sorprendente, al menos para mí, que aún tengan en todos los trenes primera y segunda clase, denominada así, como en el siglo XIX, y que la tengan en trenes de cercanías o regionales. Para más inri, la diferencia entre primera y segunda, además del precio, es el asiento, la comodidad del mismo y el hacinamiento de personas, nada de periódicos, películas o café… Esto me extrañó, y también me extrañó que aún tengan jefes de estación, hombres con sombrero que usan sus silbatos para anunciar que el tren puede salir… Esto te lo encuentras tanto en un apeadero de pueblo como en la Estación Central de Bruselas, y a mí me parece curioso. También me llamó la atención que los trenes no los avisa una voz pregrabada, sino que son personas de verdad, que a veces hablan más lento, otras más deprisa, y otras, en un gesto de humanidad, se atragantan y tosen. Lo mismo ocurre con los avisos de las paradas en el interior de los trenes, nada de grabaciones o sintetizadores, todo personas con sus gargantas. Otro aspecto antiguo es “la señora de los lavabos”. En casi todos los baños tienes que pagar por entrar, y en casi todos está esa figura legendaria que mi madre me contaba, de la señora de los lavabos. Incluso en un McDonalds tienen su señora de los lavabos; aunque no niego que en ocasiones merece la pena dar cincuenta céntimos por disfrutar de un baño aceptablemente limpio, siempre con jabón y papel.
Lo dicho, ya no pienso que sea bueno o malo tener ciertos rasgos que a priori me parecieron arcaicos y que luego me parecieron positivos. Desde el punto de vista del empleo desde luego es algo bastante bueno al menos. Otra curiosidad para mí fue la afición por la leche en bolsas. En España también la hay, pero no es tan usual verla llenando estanterías de supermercados como allí…
Sacar la basura a tu puerta los días señalados es algo que me habían contado pero que nunca viví, pues nací con contenedores y hoy día basura neumática que va directamente por conductos internos a la planta de reciclaje o lo que sea, así que eso de las bolsas en las puertas los Lunes y Jueves a partir de las seis de la tarde es algo que aunque en cierto modo no me parecía higiénico, era pintoresco… Creo que en España hay sitios en que aún se recoge así la basura, pero ya lo he dicho, nunca lo he vivido y tal vez por eso me despertó tanta curiosidad. Eso sí, aquello es Europa, y la bolsa que dejas en la puerta tiene que ser una reglamentaria bolsa de basura, de no ser así, el basurero no te la recoge, y allí se queda.
Pero lo dicho, en las iglesias había velas a la venta, que pagabas echando el dinero en una hucha o caja no vigilada por nadie, incluso para entrar en algunos sitios se empleaba este sistema; tal vez por eso me chocó más el sistema ferroviario, la señora de los lavabos o la basura, pues esas cosas que yo considero antiguas contrastan con un civismo urbano y moderno que no sé si sería posible hoy por hoy en España… Tal vez los belgas sólo han evolucionado en lo que creían importante y han dejado como estaba lo que pensaban que estaba bien así.
LA CASITA DEL SABLON
Creo que el Sablón sería el símil bruselano a la Alameda de Sevilla, esto con sus distancias claro, que las comparaciones además de odiosas suelen ser injustas; pero tenía ese aire de barrio antiguo y reformado, esa mezcla de gente bohemia y moderna, los anticuarios cool y las tiendas de toda la vida…
Nuestra casita estaba en una de esas calles con cuestas tan típicas del centro, y tan letales para los gemelos. Era una típica casa flamenca, incluso parecida a las de Holanda; no muy grande a lo ancho, con varias plantas y una escalera inhumana. Al entrar teníamos un salón y una cocinita office, todo cómodo, un sofá estupendo para tirarse allí tras un día de patear calles, dos sillones tapizados a la flamenca, el mueble de madera tallado para la tele donde veíamos TVE 24 Horas y Canal Sur internacional como si estuviéramos en el exilio… También teníamos un aseo reducido a la mínima expresión, cosa inmensamente útil cuando uno llegaba a su casa deseoso de un WC gratuito y no le quedaban fuerzas de subir hasta el baño de arriba. La escalera hasta la primera planta era aceptable. Allí estaba mi cuarto compartido con mi hermano, todo muy diáfano, ni una puerta. También tenía un tocador tallado y un par de óleos muy aparentes. Es que el mobiliario bohemio de la casita me enamoró… Allí empezaba lo bueno, pues la escalera mutaba en una estrecha espiral que parecía que iba a dar paso a un campanario o algo. En la segunda planta estaba el baño, otra vez diáfano y sin puertas, como un salón de parqué en el que de repente te encuentras una bañera. Además, era vestidor, y al fin he podido disfrutar de lo práctico que es tener el armario en el baño, cosa que al principio me parecía un coñazo pero lo dicho, al final me resultó comodísimo. Arriba del todo, tras otro tramo infernal de escaleras, estaba el otro dormitorio, lleno de ventanas y claraboyas en el techo, muy útil como despertador natural, pues a las seis de la mañana el sol te daba de pleno en la cara y ya la alarma del móvil estaba de mero adorno…
No hace falta decir cuánto me habría gustado quedarme allí viviendo, en mi casita flamenca, con las escaleras infernales que me habrían obligado con el tiempo a perder un par de kilos o más.. Y ha sido divertido, porque nos han permitido hacer a cada rato esa gran parodia que no nos cansábamos de repetir…
HISTORIA DE CUATRO CIUDADES
Bruselas, Brujas, Amberes y Gante. La primera es donde residíamos, la segunda es la que todo el mundo adora, la tercera es la que me enamoró y la cuarta con la que me peleé…
Bélgica en sí no es un país grande en extensión, pero debo decir que sobre todo sus ciudades me resultaron más grandes de lo que esperaba. Creo que debí pensar que era una prolongación de Holanda, y aunque ambos son países bajos, flamencos ellos, no era consciente de lo diferentes que podían resultar. Además de las diferencias religiosas, que a su vez condicionan las diferencias artísticas, Bélgica es más limpia, puede que más afrancesada… aunque como ya he dicho, comparar siempre es injusto y a mí en su día me encantó el país vecino.
Bruselas me resultó provinciana a la vez que cosmopolita. Sus calles y aceras adoquinadas, llenas de cuestas y escaleras, podían parecer a veces las de un pueblo, y en otras ocasiones te dejaba ver que a muchos efectos, estabas en la capital de Europa. La primera noche, ansiosos por ver algo, llegamos a la Grand Place donde se ajusticiaban luteranos, donde vivió Victor Hugo, donde las revueltas, la sangre y los siglos compusieron la ciudad actual. Fuimos al Atomium, al Palacio de Justicia, al Palacio Real, al estadio de fútbol local of course… Vimos el Manneken Pis, comimos gofres con fruta y chocolate por la calle manchándonos enteros, nos dejamos fascinar por la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, e incluso vimos algunas iglesias más, llenas de madera tallada y vidrios de colores… Nos dejamos caer brevemente en algún parque y disfrutamos, sobre todo yo, del museo de Bellas Artes, que además de poseer algunos cuadros de Rubens que Napoleón les devolvió (porque a ellos si les devolvió cosas le Pettite Cabrón que diría Pérez-Reverte), la ampliación del museo está por completo dedicada al genial René Magritte. Ahora en mi casa hay una caja de deliciosas galletas belgas con una pipa que no es una pipa en su tapadera; no puedo pedir más…
Después de haber estado allí, no me importaría ser eurodiputada la verdad.
Ya he dicho que me enamoré de Amberes, y nunca nadie es objetivo cuando habla de la persona amada.
La verdad es que me mosqueó leer en una guía que la visita a Amberes era prescindible si no se ha visitado aún Brujas o Gante, pero como ya he dicho, Gante y yo tuvimos un desencuentro que luego relataré…
Amberes posee como principal encanto para mí la casa de su pintor garante, Rubens, quien casualmente no nació allí, pero amó su ciudad como el que más. Como suele ocurrir en las casas museos, no contienen muchas obras de quien las habitó, pero a mí no me importaba. Su jardín, sus paredes, su taller… La personalidad del pintor, reflejada en cada mueble, cada objeto de su colección particular para mí eran suficientes. Puede que sea una cotilla, hay a quien le gusta ver la casa de la Preysler en el HOLA y yo flipo con Pedro Pablo, así es la vida…
Amberes también tiene un museo de arte que imagino maravilloso, pero que nada más llegar a la oficinita de turismo de la estación, me informaron de que estaba cerrado; yo pregunté si al día siguiente también lo estaría, y el dependiente que tenía un humor tipo el mío me dijo que sí, y que al otro también, y el mes siguiente igual, hasta completar los siete años que se prevé que estará cerrado… Mi hermano vió el cielo abierto y yo casi me echo a llorar allí, pero le dije al tipo que volvería en ocho años en ese caso, y me consolé más tarde, cuando me llevé el sorpresón de que en su fabulosa catedral tenían una exposición con algunos cuadros de Rubens de los que deberían estar en el museo cerrado.
Pero para mí aquella ciudad era todo, era la capital mundial del diamante, el lujo de sus tiendas y los coches que circulaban, su fantástica estación, sus iglesias embellecidas por artistas locales, el puerto, el gusto que tienen por la moda… Es ese tipo de ciudad que además de visitarla te gusta vivirla y disfrutarla.
Llegué a Gante con el cansancio de todos los días pasados, casi creí que me iba a poner enferma o algo. Comenzó a llover, más fuerte que las jornadas anteriores, todo parecía hostil, el camino de la estación al centro se me hacía largo, feo, tortuoso… Lo dicho, esto no es una objetiva guía de viajes, son mis impresiones, condicionadas por mi propio estado de ánimo. Debo decir que luego la cosa mejoró un poco, aunque seguía sin convencerme del todo, con las esperanzas que yo
EL PALADAR BELGA
La parte gastronómica ha tenido gran peso en este viaje; aunque como siempre, no se podía almorzar más de la cuenta si pretendes seguir pateando aceras de adoquines en lugar de echarte una española siestecilla…
Las cervezas pueden ser rubias, blancas, negras, tostadas, rojizas por ser de cereza, verdes… Tras haberlas probado todas, yo me sigo quedando con la rubia, había dos que eran de mis favoritas, una muy popular que no recuerdo el nombre
El chocolate allí es una religión, y yo propondría que fuera Patrimonio de la Humanidad, en todas sus formas y maneras. Los gofres te los hacen en el momento, nada que ver con los que nos venden aquí, además de que su variedad es inacabable ya que los combinan con todas las frutas troceadas y mermeladas que se te ocurran. Los bombones, las chocolatinas, las enormes piruletas cuadradas de cacao (versión belga de esa chuchería sanluqueña que se conoce como “adoquín”), los pasteles, los gofres y los pinchos de fresas bañados en chocolate, son cosas que allí saben más intensamente que en ningún sitio. De hecho, no ha sido buena idea traerse cosas de estas a Sevilla, pues se derritieron y al volverse a solidificar no saben igual… Las galletas Speculoos tampoco son desagradables, te las ponen siempre con el café e incluso hay una especie de flan hecho con ellas que está bastante rico.
Las croquetas de queso como la que puse antes, las carnes, los mejillones y demás, son cosas que hay que probar. Ya en Amsterdam descubrí el extraño placer que sienten en los países bajos por comer patatas fritas con salsa en cualquier parte,
y aunque al principio parece ridículo, luego es algo bastante socorrido. Paradójicamente no hemos comido coles, tampoco recuerdo haberlas visto especialmente en los restaurantes o como guarnición, lo mismo a ellos tampoco les gustan.
La afición del pueblo belga por la sopa es casi inquietante. Ya en el avión, que era de la compañía Air Brussels, vendían por un módico precio sopa de tomate, que para mayor asombro mío la ponían con las bebidas. Pero el olor a sopa que tantísimas veces percibí en todo el viaje me parecía más cercano al de la sopa de pollo. Entrabas en un tren a las nueve de la mañana, y ya olía por todos lados a la dichosa sopa… Olía por las calles, en las estaciones, a veces hasta en ciertas zonas de los museos, y tanto era el empacho que nunca llegamos a pedir una misteriosa sopa de aquellas y no supe si yo estaba en lo cierto y era de pollo. El pollo también les gusta bastante, te ponen medio en casi cualquier sitio que vendan comida, y eso me traía a la mente todo el tiempo aquella canción de Kiko…
Cerca de casa pasaba todos los días algo que yo había visto en la tele y no recuerdo haber visto antes en otro país hasta ahora, aunque a base de exprimirme el cerebro creo recordar que en Londres alguna vez pasó cerca… Me refiero a la popular ¡la furgoneta de los helados!
En fin, en el aspecto de comer y beber es un gran país, diferente claro está, con otras costumbres y horarios, pero no se puede pretender ir a Bruselas a comer adobo del Blanco Cerrillo, eso no tendría ninguna gracia.
EPÍLOGO
Al fin concluyo la entrada. Estuve allí una semana y casi he tardado otra en contarla. Lo peor de todo es que a estas alturas, pocos continuarán leyendo este ladrillazo… Cabezonerías de las mías, no quería dividirla, no sé exactamente porqué…
Y si pienso en esas cosas, esas cosas que ahora no recuerdo pero que cuando la vea publicada acudirán a mi mente, atenazándome, y tendré la sensación de que me olvidé tanto de lo importante…
Tras un año algo regular, parece que la cosa se empieza a enderezar. Pasear por las calles perfumadas de dulce y sopa, ya sin preocupaciones de exámenes, notas y demás era una sensación que no sabía que podría sentir allí, pero la sentía y disfrutaba tanto de ese estado que tal vez aquello hizo del viaje una situación aún mejor.
Y ese estado positivo es el que hace que no despotrique por ejemplo de lo extraño que se me hace que el Manneken Pis sea tan famoso, cuando es tan pequeño e insignificante como uno se pueda imaginar…
También se me olvidaba contar la nueva contribución a mi ajuar, ya que me compré un pañuelo de encaje con una “M” bordada, y ahora mi madre dice que eso sólo es digno de que lo use el día de mi boda… lo dicho, mil cosas en el tintero…
Pido perdón por lo extenso, no puedo excusarme más por ello; al fin y al cabo parece que eso pasa con Bélgica, yo también creí que era un país más reducido de lo que resultó finalmente.
domingo, 24 de julio de 2011
Destino: Bélgica
¡Al fin llegó! En ese terrible comienzo de verano lleno de exámenes y agobios varios, mientras los telediarios vacíos de noticias relevantes mostraban como en las playas del levante no había ni un hueco para poner la toalla, y mandaban al reporterillo de turno a plantarse delante de cualquier termómetro hispalense para alarmar a la población, mi mente volaba hasta este día… Mientras veía en las redes sociales fotos de gente en playas y piscinas, yo soñaba con este día… Incluso cuando me daban las tantas estudiando y me acostaba con la mente enredada sabiendo que iba a dormir tres horas de mala manera, me consolaba pensando en este día… Ahora que lo medito, lo mismo he puesto demasiadas esperanzas en este viaje, aunque no creo que me defraude…
Otro año más, Berlín tendrá que esperar, pero la perspectiva no es mala. Una semana, una casita flamenca en el centro de Bruselas, tantos trenes por coger a tantas ciudades y pueblos interesantes, tantos edificios, tantos museos, la ciudad natal de mi ídolo Carlos V (aquí Carlos I), tantas oportunidades de aprender flamenco (el idioma), y… ¡tanto chocolate por comer y tanta cerveza por beber! Y todo esto… ¡con diez grados menos que en Sevilla! Con un poquito de suerte hasta llueve…
Lo del flamenco no es coña, en Ámsterdan ya le pillé el gusto a esa mezcla de inglés y alemán que no sé porqué, a mí me gusta tanto.
Vamos a un país “desgobernado”, ya que no se pusieron de acuerdo en las últimas elecciones y hasta Septiembre creo que no se pondrán a organizar el asunto… Aunque por lo que he leído, ha sido uno de los mejores años para esta pequeña nación; va a ser cierto que los políticos no hacen tanta falta, y que con un gobierno provisional en funciones se puede ir tirando…
Una vez más, al preparar el equipaje de mano se me han venido a la mente mil formas de matar o secuestrar un avión, y es que no soy especialmente retorcida, pero si me dan cuerda, a mí los líquidos me parecen lo menos peligroso de todo…
En fin, no va a ser un viaje para descansar precisamente, pero conocer sitios nuevos siempre me sienta tan bien…
Y aunque no pegue nada, ahora, en plenas vacaciones de 2011, aquí dejo un pequeño vídeo (o fotovídeo) algo cutrecillo, de mis vacaciones cántabras de 2010. Es que realmente lo acabé hace unos días, así que echando cuentas, en Junio del año que viene, acabaré el vídeo de Bélgica, si es que me decido a hacer tal cosa.
sábado, 16 de julio de 2011
Medianoche en París
El “Síndrome de la edad de oro”, el pensar que tenías que haber nacido antes, mucho antes, años, siglos atrás… Siempre he padecido ese síndrome, de hecho tengo neurosis desbordada con respecto a él, pues hay muchas épocas en las que preferiría haber nacido; y eso que según muchos amigos he tenido suerte, pues consideran que a pesar de que habría sido criada y educada según mi supuesto tiempo, habría sido una mujer carne de hoguera, horca o garrote, según la moda de la época.
Pero tal vez el padecer este síndrome desde casi siempre, ha hecho que la última película de mi adorado Allen me guste tanto. Quienes seguimos al neurótico neoyorkino sabemos que como todos los artistas es capaz de lo mejor y lo peor; y de vez en cuando, al cabo de dos o tres películas buenas y a veces geniales, resulta que te endiña un bodrio, del que te acabas de reponer cuando retorna con una cinta aceptable. Esta vez hubo suerte, miedo me da el bodrio que está por venir… Esta tendencia imagino que se produce porque al ser un director tan prolífico, es pura estadística.
Son curiosas las manías que se llegan a desarrollar sin saber porqué, o las que desarrollo yo, pero extrañamente, no me atrae París. No es que no me guste, no he estado de hecho, pero no es mi prioridad, prefiero conocer otras ciudades antes como Praga o Berlín. No dudo que es posible que algún día la visite, al fin y al cabo, es París, y debería reformular mi manía con conocimiento de causa, aunque no entra en mis planes inmediatos esto. Sin embargo, pese a mi aversión parisina, la ciudad es un estupendo marco para la surreal historia.
Puede que también me cautivara el hecho de que el protagonista consiga departir con artistas y escritores ya fallecidos. Yo he soñado muchas veces esto, no soñar de imaginar, que también, sino cuando duermo, y ver como el típico americano guionista neurótico tan presente en todas las películas de Woody lo consigue, me dio una envidia que hace que adore “Medianoche en París”.
La vi hace más de una semana, e imagino que pronto la retirarán, pero recomiendo que quien tenga un mínimo interés corra a verla. Yo tenía muchas ganas de hacerlo, y si hubiera sabido lo que me iba a encontrar lo habría hecho mucho antes.
viernes, 1 de julio de 2011
Sin darme cuenta

Y aquí ando, cruzando el cuarto de siglo, haciéndome más y más vieja, y ya casi da lo mismo… los madrugones veraniegos, la UPO y los exámenes ocupan mi tiempo, mente y preocupación. Los planes de futuro son eso, futuro, con el componente mágico que tiene todo lo que guarda la distancia de un par de semanas. Casi me alegro de encontrarme así, con la cabeza en las Ciencias Sociales y la esperanza en todos los planes que vendrán. Ya no hay balances, no me planteo si me imaginaba así a esta edad o si lo que me rodea está en perfecto orden y equilibrio.
En una ocasión puse aquí la foto de mi primer paso. La entrada no tenía nada que ver con la imagen, ni tampoco se relacionaba mucho con lo que ahora voy a contar; es lo que tienen los comienzos, que cuesta encauzarlos. Yo andaba agarrada a los muebles o las personas, y gateaba con rapidez los trozos de camino en los que no encontraba ni una cosa ni otra. Entonces llegó un día, mi madre me lo ha contado muchas veces; un día en el chalet de mi madrina donde habíamos pasado el fin de semana. Nos íbamos, mi madre andaba recogiendo nuestras cosas. Preguntó que donde estaba yo, y aparecí. Venía andando sola, nadie me había animado o incitado a hacer tal cosa, yo sola cogí un bote de toallitas DODOT para agarrarme, supongo que pensaría que haría la función de un mueble, y fui andando al encuentro de los demás. Cuando pienso en mi gran hazaña me río de la ingenuidad infantil, esa que desconoce que de haberme caído, el bote de toallitas no habría servido de nada, pero esa ignorancia me hizo dar el paso, literalmente. Luego me quitaron el bote, y siguiendo la tradición de mi casa, siguieron las fotos que ya llevaban un rato haciéndome, en las que sale el bote famoso. Hoy vuelvo a poner aquí esa foto, esa que no está del todo bien escaneada, en la que me llama poderosamente la atención la postura de mis pies y mis manos y la expresión de esa cara entre aterrorizada y excitada por su logro. Y fue así, sin darme cuenta, cuando nadie me miraba, cuando yo creí que era mi momento. Lo pienso, y muchas cosas buenas me han pasado sin pretenderlo, sin buscarlas, sin darme cuenta, sólo haciendo lo que creí que había que hacer, cayeron solas, vinieron a buscarme.
Tal vez es lo que estoy ganando al cumplir un año más, la madurez despreocupada de aceptar las cosas como vienen, trabajar en lo que quiero y sorprenderme por esas cosas que llegan sin darse uno cuenta.
Bueno, pensándolo bien, lo llamativo de la foto es lo extraña que me veo sin melena ni flequillo…
Últimamente tengo el blog descuidadillo, aunque me esfuerzo en que no sea una amalgama de letras agonizantes. Para evitar esto, y pese a los exámenes, no podía dejar este año, como todos los años, de publicar una entrada esta noche, que hace ya veintiséis veranos fue una madrugada calurosa de lunes de luna llena, donde mi primeriza madre, como ya conté una vez, casi sola, me trajo al mundo.
lunes, 27 de junio de 2011
La noche que no fui del River
Finalmente parecía que estábamos a salvo, a salvo de una noche con buena perspectiva que se había tornado en todo lo contrario. Joaquín Sabina nos había dado plantón en la ciudad de la Alhambra, nuestra nueva amiga argentina maldecía “los colectivos” que no venían y yo blasfemaba de mi suerte que parecía repeler a los taxis libres… ¿Quién me mandaría a mí haber comprado las entradas tan pronto y no ir al concierto de Sevilla? Pero ya estábamos a salvo, en el primer bar que vimos abierto como habría cantado el Flaco de no haberle dado una pájara aquella noche. Ella se sorprendía de que en aquella ciudad te dieran una tapa así, por la cara… Yo me sorprendía de que ella hubiera llegado a Granada esa misma mañana y su primera noche en la ciudad fuera tan surreal como la mía; dos sevillanas con una porteña en un bar, unidas por un plantón del ídolo de las tres. Entonces, de tanto hablar salió el fútbol, un tema como cualquier otro. Conocía el Betis, aunque por lo visto era más partidaria del otro equipo de la ciudad, cosa que me sentó regular. Yo le conté que siempre había simpatizado más con Boca, a lo que ella con su marcado acento replicó:
- ¿Por qué todos los extranjeros son de Boca? - Ella era del River y su comentario me hizo sentirme algo cateta.
En estos días que el River vive ese infierno que un bético conoce tan bien, con Pavone incluido, me he acordado de ella. No nos dimos ni el correo ni los teléfonos, o tal vez sí, pero no volvimos a saber la una de la otra. No recuerdo el nombre o el sitio del bar, y con el tiempo perdoné a Sabina ese infame plantón… Pero me he acordado de una de esas amistades fugaces, esa argentina que en su viaje por Europa quiso ver a Joaquinito, y que en estos días andará disgustada a causa del equipo de sus amores… Y me ha dado por pensar que son geniales siempre las noches en Granada y que no es tan mala cosa que los catetos extranjeros siempre seamos de Boca.